¿Cómo funciona el cerebro y qué relación tiene con la salud mental?

El ser humano forma parte de la naturaleza y, como tal, una palabra que define su funcionamiento es el vocablo «Integración«. Para que tu cerebro razone correctamente, requiere que actúen todos sus elementos de manera coordinada y equilibrada. En caso contrario, llega el caos o acabamos presos de la rigidez que generan nuestros miedos no verbalizados. 

Este órgano recibe información del exterior y del propio cuerpo, la procesa, la relaciona con experiencias anteriores y genera respuestas. Pensamiento, emociones, memoria, percepción y comportamiento no funcionan como compartimentos aislados. Están conectados.

Comprender cómo funciona el cerebro puede ayudarnos también a entender mejor por qué reaccionamos como lo hacemos, por qué algunas situaciones nos desbordan y qué ocurre cuando necesitamos tomar una decisión en momentos de estrés o incertidumbre.

Un cerebro coherente no piensa siempre de forma racional, pero es capaz de integrar información, emociones, recuerdos y señales corporales para responder de manera flexible a lo que está ocurriendo.

Integración

Etimología
Proviene del latín integratio.
Formado por el sufijo in- (negación), el verbo tangere (tocar, alcanzar) y el sufijo -ción (acción y efecto de).
Significa "dejarlo como antes de haber sido tocado."

¿Cómo funciona realmente el cerebro?

El cerebro no funciona exactamente como dos partes independientes —una racional y otra emocional— que se alternan el control. Es una red compleja en la que distintas regiones trabajan de manera coordinada.

Algunas funciones presentan mayor especialización en determinados circuitos o hemisferios, pero actividades como tomar decisiones, interpretar lo que sentimos, recordar una experiencia o resolver un problema requieren la participación de múltiples áreas.

Por eso, hablar de un cerebro coherente puede ser útil como metáfora porque no se trata de elegir entre razón y emoción, sino de conseguir que la información que llega desde el cuerpo, las emociones, los recuerdos y el pensamiento pueda integrarse antes de actuar.

El cerebro contiene miles de millones de neuronas que se comunican mediante señales eléctricas y químicas. Estas conexiones permiten recibir y procesar información, generar respuestas y coordinar funciones tan diferentes como el movimiento, la memoria, el aprendizaje, las emociones o la toma de decisiones. Además está conectado con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso.

Lo que ocurre en nuestro entorno puede modificar nuestra respuesta corporal y, al mismo tiempo, las señales procedentes del cuerpo también influyen en cómo interpretamos una situación. Por eso, no somos una cabeza que piensa separada de un cuerpo que siente.

Un cerebro coherente puede integrar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que recuerda nuestro cerebro y lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo antes de responder.

¿Cuál es la composición del cerebro? Dos hemisferios cerebrales.

Es habitual escuchar que el hemisferio izquierdo es el racional y el derecho el emocional. Es una simplificación atractiva, pero no describe cómo funciona realmente el cerebro.

Los dos hemisferios tienen cierto grado de especialización y se comunican continuamente a través del cuerpo calloso, lo que permite que las funciones se integren y se complementen.  

Gracias a la plasticidad y a la complejidad del cerebro, cada individuo utiliza el cerebro de manera diferente aunque desarrolle una misma acción concreta.

Para pensar de manera lógica, se precisa que las distintas partes del cerebro desempeñen sus competencias juntas como un todo. Ningún hemisferio es más importante que el otro y ambos han de funcionar como una unidad. 

En caso contrario, entramos en modo supervivencia y no podemos hacer frente a situaciones complejas. Lamentablemente, cuando entramos en estrés o no sentimos desprotegidos, acostumbramos erróneamente a inhabilitar funciones. 

No se trata de apagar las emociones para poder pensar, ni de dejar que las emociones decidan siempre por nosotros, sino de escuchar la información que aporta cada región y utilizarla de forma consciente.

Ilustración de dos hemisferios cerebrales; el izquierdo enfocado en matemáticas/lógica y el derecho en arte y la creatividad.

Funciones del Hemisferio izquierdo:

Es el encargado de procesar el lenguaje, tanto en la comprensión como en la producción. Esto incluye hablar, leer y escribir. Se ocupa del pensamiento lógico y analítico, que se asocia con habilidades matemáticas y la resolución de problemas de manera lógica. También se encarga de controlar el movimiento del lado derecho del cuerpo. Tiene que ver con las relaciones lineales de causa – efecto. Y trata de dar sentido a lo que experimenta.

Funciones del Hemisferio derecho:

Está relacionado con la creatividad, la sensibilidad, la intuición y la apreciación del arte. Es donde se procesan las imágenes, las emociones y los recuerdos. Interpreta las señales no verbales. Influye en nuestra percepción espacial, ayudando a entender las relaciones espaciales, y a reconocer patrones y rostros. También controla el movimiento del lado izquierdo del cuerpo. 

Diagrama anatómico en blanco y negro del cerebro detallando partes como Lóbulo Frontal, Hipotálamo, Amígdala, Hipocampo, etc.

El cerebro desde una perspectiva evolutiva y funcional.

Cerebro superior: el director de orquesta.

Se compone de la corteza cerebral que es la sustancia gris que cubre la superficie de los hemisferios cerebrales. Tiene tres componentes principales: la arquicorteza (o arquicórtex), la paleocorteza (o paleocórtex) y la neocorteza (o neocórtex). En la neocorteza, están seis lóbulos y, en la arquicorteza, está el hipocampo. Como protagonista, está la corteza prefrontal que contribuye a integrar todo el cerebro.

En el cerebro superior, tienen lugar procesos como el pensamiento, la imaginación y la planificación.  Ayuda a regular las emociones, sopesa distintas opciones, analiza las consecuencias, piensa antes de actuar y tiene en cuenta los sentimientos de los demás. Por eso, resuelve problemas con empatía y toma decisiones equilibradas.  Definitivamente favorece la interacción y el compromiso porque permite la profundidad y la intimidad en las relaciones sociales. 

Cerebro inferior: el piloto automático.

Incluye el tronco cerebral (formado por el mesencéfalo, el puente y el bulbo raquídeo) y el sistema límbico (que incluye el hipocampo, el hipotálamo y la amígdala). Se ocupan de funciones básicas (como la respiración y el parpadeo), de reacciones innatas e impulsos (como la lucha o la huida) y de emociones como la ira y el miedo.  

No reflexiona. Directamente reacciona. 

Cuando nos domina este cerebro, puede parecer que hemos perdido la cabeza y es muy probable que perdamos los papeles. La ira, la frustración y el miedo campan a sus anchas haciendo que nos comportemos de manera incomprensible. Pareciera que vamos a la deriva. Algo nos hace tener la percepción de que somos excluidos y reaccionamos a la defensiva (huyendo, permaneciendo inmóvil o luchando). Ante una crisis, la amígdala toma el control y se adueña de la parte lúcida del cerebro. A partir de ese momento, tenemos serias dificultades para procesar correctamente la información.

¿Qué ocurre en el cerebro cuando anestesiamos lo que sentimos?

Esta reacción nos hace parecer fríos y distantes. Negamos nuestras emociones para evitar las dudas y la incertidumbre. Tememos perder el control de la situación por exceso de emocionalidad pero estamos negando una parte de nosotros. Luego hay altas probabilidades de que desconectemos la empatía.

Con frecuencia, tomamos las palabras y los hechos de manera literal. Al principio, parece una posición sólida y fuerte pero es poco racional. Así se pueden tomar decisiones, resolver problemas e imponer límites, pero no tienen por qué ser acertadas.

¿Qué pasa en el cerebro cuando sentimos una emoción intensa?

Persona sosteniendo periódicos o papeles ardiendo en fuego.

Cuando vivimos una situación que interpretamos como amenazante, nuestro cerebro puede activar rápidamente respuestas relacionadas con la supervivencia y la protección.

Esto puede afectar a nuestra atención, a la percepción, a la capacidad para valorar diferentes opciones e incluso dificultar expresarnos con claridad.

Por eso, cuando estamos muy activados emocionalmente, puede resultar mucho más difícil analizar una situación con perspectiva. 

No significa que nuestro cerebro haya dejado de funcionar, sino que tiene una prioridad diferente: responder a lo que interpreta como una amenaza.

De ahí, que a veces experimentemos situaciones en las que sabemos racionalmente que la situación no es tan grave, pero el cuerpo reacciona como si lo fuera. El corazón se acelera. La respiración cambia. Los músculos se tensan. La atención se estrecha. Y, de repente, una decisión que ayer parecía sencilla se convierte en un problema enorme.

Cuando esta desregulación se cronifica, puede manifestarse como ansiedad. Si quieres entender cómo se vive ese proceso y cómo salir de él, te recomiendo leer Adiós a los trastornos de ansiedad.

Cerebro, emociones y toma de decisiones.

Las emociones no son un obstáculo que debemos eliminar para tomar buenas decisiones. Contienen información valiosa. El problema aparece cuando una reacción emocional intensa se convierte automáticamente en una decisión.

Por ejemplo, tengo miedo y abandono, siento inseguridad y no actúo, estoy enfadado/a y respondo inmediatamente o me siento rechazado/a  e interpreto que no valgo.

La emoción es real. Pero la interpretación que hacemos de ella no tiene por qué serlo. Aprender a diferenciar entre sentir algo y actuar automáticamente desde ese sentimiento es una parte importante de la regulación emocional.

Y aparece una de las grandes posibilidades del autoliderazgo: crear un espacio entre lo que ocurre y la respuesta que elegimos.

Para decidir bien, primero se requiere satisfacer las necesidades emocionales. Para ello, se requiere escuchar lo que sentimos. Tiene un mensaje que darnos y, sea cierto o no, no va a parar hasta que consiga su objetivo. Sin ese paso previo, no podrás tomar buenas decisiones. Así que no ignores lo que ocurre dentro de ti. 

El niño interior, la empatía y la toma de decisiones coherente.

Si es otra persona la que está en ese momento visceral, asegúrate de que sienta que le sientes. Primero, empatiza con sus emociones para conectar. Después, tratas de favorecer que ponga una solución. 

Si eres tú el que está como poseído/a por las emociones, imagina que el que ha perdido la cabeza es aquel niño o niña de 5 años que fuiste. En ese momento, dentro de ti, sois dos: El adulto que eres que está en el presente y el niño que fuiste que está en el pasado. Estáis en un instante sin espacio y tiempo. 

Es de vital importancia que entiendas este paso previo porque es la clave para que den frutos las 3 propuestas que te voy a explicar a continuación.

En caso de que seas el observador/a del enloquecimiento transitorio de otra persona, recuerda que tu acompañante también está de cháchara con su peque. Aunque no se dé cuenta. 

Primero, se ha de conectar y, después, tratar de solucionar.

3 Estrategias efectivas para momentos de mucha emocionalidad.

Contar la historia y responder sin palabras

Deja que ese pequeño cuente su historia con el máximo detalles posible. A poder ser secuencialmente y sin olvidar dar un lugar a las emociones. Hablar de «bien» o «mal» no es suficiente para expresar cómo se sintió. Se requieren emociones concretas. Utilizar palabras y contarlo en orden favorecerá que el lado adulto intervenga.

Cuando nos ponemos en alerta y a la defensiva, somos incapaces de unirnos a otra persona. No es posible escuchar ni conceder el beneficio de la duda sobre lo que pensamos. Incluso palabras sin ninguna intención pueden convertirse en motivo de discusión, distorsionando lo que oímos para que coincida con lo que pensamos. Así que, en esos casos, da mejor resultado permanecer callados. Y de dar órdenes ni hablamos.

Sin necesidad de palabras ni lógicas, el contacto físico es una buena fórmula para acompañar. Una mano en la espalda o un abrazo generan que la otra persona se muestre más receptiva a interactuar.

Escuchar sin juicio, mostrar interés, con expresiones faciales amables y un tono maternal,.. Son fórmulas acertadas para tratar de comprender cómo se siente y favorecer el conectar cuando nuestro niño interior está en modo irracional y gobierna en el emisor del mensaje. 

Aunque sea obvio que sus razonamientos son irreales y absurdos, ser cercanos y comprensivos es fundamental. Definitivamente el comportamiento no verbal es de vital importancia para entenderse en estos casos. 

Una vez que pueda escuchar, haz preguntas, ofrece alternativas en lugar de prohibir; pide posibles soluciones, habla de preferencias, de organizar o incluso negocia. Evita decir que «No» o las luchas de poder. En su lugar, da a elegir entre varias opciones, plantea hipótesis, explica razones o fomenta la creatividad.

El objetivo esencial de esta comunicación es conocer qué de lo que describe pertenece al pasado o es fruto de la imaginación, y no forma parte del presente. 

Después de explicarlo varias veces, es más fácil identificar los miedos que nublan el juicio, y los temores no resueltos se aligeran hasta desaparecer y, así, recobrar el equilibrio emocional.  

Si es tu niño interior el que está montando el pollo, utiliza todo lo anterior para tener una comunicación en tu imaginación entre el adulto y el peque.  Así también podrás achucharlo para que se calme. 

Escribir

Cuando escribimos un diario o un acontecimiento complicado en particular, produce el mismo efecto de superación que contarlo porque también plasmamos en palabras lo vivido, y nos da la oportunidad de hacer una mirada integrada con la que poder entender para qué pasaron las cosas. 

Los estudios promovidos por James W. Pennebaker demuestran que esta forma de enfrentar los recuerdos mejora las funciones cardiacas e inmunológicas, así como el bienestar en general. 

Contar la historia o escribirla favorece que entendamos lo sucedido ya que ayuda a hacer nuevas asociaciones y a concluir una explicación lógica.  Cuando se da sentido a lo que vivimos, integramos la información como una lección en lugar de como una amenaza. 

Por muy difícil que haya sido la experiencia, entender nos ayuda a centrarnos en una perspectiva más amplia o distinta de la que teníamos antes de experimentar lo acontecido. 

Respirar

Gran parte de las emociones que sentimos empiezan en el cuerpo. El sistema nervioso actúa por todo él y es la antena de un gran número de sensaciones físicas. La información que percibe llega hasta el tronco cerebral. De ahí pasa al sistema límbico y después a la corteza cerebral. Alterando nuestro estado físico y emocional, y, con ello, nuestros pensamientos. 

También puede ocurrir en el orden inverso.  Sentimientos y pensamientos de nuestro interior condicionan nuestras experiencias externas.  

Teniendo en cuenta cómo funcionamos, respirar es una buena alternativa para volver al centro. 

Para poner orden en nuestro organismo, conviene observar cómo se mueve el abdomen y el diafragma mientras respiramos profundamente y despacio. En silencio y quietos hasta  volver a la tranquilidad. Este simple ejercicio se puede acompañar de visualizaciones.

Las experiencias que vivimos dejan una huella imborrable en nuestra estructura cerebral y en nuestro cuerpo.  

Un cerebro coherente precisa relacionarse.

Es tan evidente la importancia de estos mecanismos que, de hecho, está demostrado que después de tener una conversación transcendente, tenemos el cerebro distinto. Cambia su estructura y su funcionamiento.

Biológicamente, estamos equipados para influirnos los unos a los otros por dos razones: las neuronas espejo y los electrones.  En la interacción, modificamos nuestro cerebro.

Las neuronas espejo se imitan.

Gracias a las neuronas espejo, para nuestro cerebro, es lo mismo hacer, que observar o imaginar. Las neuronas se activan de igual manera. Ellas responden cuando hay una intención y es una acción predecible. Así, nuestra mente prevé antes de tiempo lo que la otra persona va a hacer y es posible que imite su comportamiento. Es lo que nos pasa cuando una persona bosteza a nuestro lado. 

Luego los estímulos externos tienen capacidad de variar nuestro cerebro.

Los electrones bailan al mismo compás.

Energéticamente, estamos compuestos de electrones que crean un campo magnético a nuestro alrededor de al menos tres metros. De ahí que, sin hablar, intercambiemos información si estamos juntos. 

Esta energía tan poderosa mana del cerebro pero sobre todo del corazón. De hecho, es este último quien emana más energía. Luego manda más. 

Como es de imaginar, es el amor el que tiene la capacidad de generar campos electromagnéticos más potentes. De esta manera, a mayor amor en uno, mayor es el impacto en el entorno sin esfuerzo. 

De hecho, en lo sutil, la energía individual en grupo se sincroniza hasta que todos los componentes igualan el ritmo. 

Relacionarnos nos hace más sabios.

Tenemos el poder de elegir a qué le prestamos atención. Tanto es así que tenemos predisposición a ignorar lo que no confirma nuestras creencias.  De ahí que interactuar con otros y tener la humildad de escuchar para generar disonancias, nos ayuda a ser más inteligentes y coherentes. 

Aunque todo queda escrito dentro de nuestro cerebro, el hecho de observar nuestras preferencias y cambiarlas genera que estemos ante una experiencia nueva y diferente a la habitual aunque parezca lo mismo. Podemos incluso modificar las sensaciones físicas que tenemos y el estado de ánimo.
Aprender algo nuevo. Cambiar una respuesta automática. Practicar una habilidad. Modificar un hábito. Encontrar una nueva manera de interpretar una situación. O variar las actividades que practicamos con regularidad.

De esas manera, cambiamos la estructura de nuestro cerebro. Alteramos su arquitectura física. 

Así permitimos que se enciendan neuronas distintas y que se establezcan conexiones nuevas. Actualizar la información de nuestro cerebro nos hace más sabios.​

Esta capacidad de adaptación se conoce como neuroplasticidad. Esto no significa que podamos “reprogramar el cerebro” a voluntad ni que cualquier problema pueda solucionarse simplemente pensando en positivo. 

El cerebro no es completamente estático y para progresar lo hace mejor acompañado/a. 

La estructura cerebral quiere salsa. Y si no lo ponemos en movimiento, el cerebro se encoge y el cuerpo empieza a somatizar.

El cerebro es como un músculo. Cuanto más se usa, más se fortalece y mejor actúa.  

Bicicleta clásica al lado de una maleta abierta que contiene fotos antiguas y recuerdos.

La memoria participa en nuestras decisiones actuales.

Nuestro cerebro no interpreta cada situación desde cero. Utiliza información almacenada de experiencias anteriores para interpretar lo que está ocurriendo ahora. Esto ayuda a explicar por qué dos personas pueden vivir una situación parecida y reaccionar de formas completamente diferentes. No están llegando a ella con la misma historia cerebral.

¿Cómo funciona la memoria?

La memoria no es una reproducción exacta de hechos. Relaciona experiencias con otras antiguas parecidas.  Entonces lo que aconteció en el pasado condiciona cómo vemos y sentimos el presente. Luego cualquier acontecimiento vivido nos influye en el aquí y ahora.  

En cada experiencia, las neuronas se activan con señales eléctricas que producen proteínas, permitiendo el establecimiento de conexiones nuevas entre las neuronas que se han puesto en marcha. Cuando estas células del cerebro se encienden, se enlazan a otras neuronas. 

Estas uniones crean asociaciones. Luego cada experiencia cambia la composición física del cerebro y alteran nuestra manera de responder e interactuar en el mundo. 

En todo este proceso, el cerebro crea, completa e inventa lo necesario para dar coherencia a lo recuperado en base a unos pensamientos referentes a nuestro pasado. Además, para nuestra mente, no hay diferencia entre realidad o ficción, ni entre pasado o futuro. Su concepto de la existencia o del tiempo es relativo. 

El hipocampo: Nuestro Google.

A nuestro Google particular dentro del cerebro, se le llama Hipocampo. Tiene dos mitades y varias capas. Algunas de ellas pertenecen al sistema límbico y otras a la arquicorteza.  Tiene un papel protagonista en el aprendizaje y en la memoria.

El hipocampo se encarga de recuperar los recuerdos y darles un sentido. Cuando vivimos una experiencia y no la volvemos a recordar, las imágenes y las sensaciones de lo vivido permanecen aisladas. Sin recordar, el hipocampo no integra  ni pone un orden en lo guardado y tampoco genera una imagen completa y clara. Sólo se ha hecho uso de la memoria implícita y, así, favorecemos las  respuestas irracionales. 

Cuando toma partido el hipocampo, los recuerdos se transforman en memoria explícita. Al rememorar, recurrimos a imágenes emitidas combinadas con sentimientos.

La Memoria implícita y la caja de Pandora desconocida.

Las primeras veces que hacemos algo, no sabemos muy bien qué tenemos que hacer a continuación y pensamos sobre qué le sigue.  En estas ocasiones, recurrimos a la memoria implícita. En ella, se codifican nuestras percepciones, nuestras emociones, nuestras sensaciones corporales e instrucciones específicas. 

Se sabe que tenemos recuerdos implícitos incluso dentro de la barriga de mamá. De ahí que muchos padres pongan una música específica durante el embarazo. De hecho, en los primeros dieciocho meses de nuestra existencia, sólo codificamos de manera implícita.  

Por eso, nos condicionan experiencias que ni siquiera sabemos que tenemos guardadas como recuerdos. El cerebro y el cuerpo se acuerdan, y toman decisiones en el presente basadas en esa información desconocida y poco cuerda.

La memoria implícita es básicamente el mecanismo que nos ha permitido seguir vivos y evolucionar gracias a su forma de trabajar.  Ella automatiza respuestas, especialmente para momentos de peligro, para poder reaccionar rápidamente. Sin necesidad de recordar experiencias parecidas previas. 

Esta memoria influye en nuestras reacciones emocionales. Por eso, no siempre necesitamos cambiar lo que está ocurriendo fuera. A veces necesitamos comprender qué se está activando dentro.

Pero, a veces, crea modelos mentales inadecuados que nos llevan a actuar de manera poco lógica por haber establecido conclusiones previas equivocadas.  Un poco más adelante te lo explico mejor.

La Memoria explícita y las respuestas automáticas.

Cuando repites muchas veces una actividad que has aprendido (conducir por ejemplo), llega un momento en el que la acción se vuelve automática y ya no necesitas pensar en los pasos que debes seguir.  Ya no te explicas mentalmente el proceso a seguir. Simplemente vas y lo haces. No piensas en ello pero, sin darte cuenta, estás recordando.  Aquí, estás utilizando la memoria explícita.

Tomar decisiones basadas en automatismos implica que se procesó información y se generaron modelos de respuestas utilizando patrones preprogramados, algoritmos supuestamente lógicos y datos previos, en lugar de poseer una conciencia, una intuición o un juicio moral propio de lo que está aconteciendo en ese preciso momento.

Los automatismos funcionan de manera excelente con el 90% de los casos que siguen la norma. Pero, ante un escenario atípico (la excepción a la regla), no sabe improvisar. Lo más probable es que obvie lo que es diferente y que siga con su regla estándar, lo que suele amplificar el desastre a gran velocidad.

Puede generar información falsa, datos inventados o conclusiones erróneas, pero presentados de una manera tan firme y segura que te engaña, aunque te lleve a actuar de manera profundamente injusta o hasta cruel.

El cerebro se prepara para el futuro con información del pasado. 

Cuando se produce una experiencia que en tu memoria tiene una secuencia, el cerebro accede y crea una expectativa basada en su memoria implícita. El cerebro espera que esa sucesión de hechos se repita y se prepara para responder de una determinada manera. El desencadenante puede ser un acontecimiento interno (un pensamiento o sentimiento) o externo. 

Por ejemplo, sin saberlo, en el pasado, puedes haber asociado «no ser perfecto» con «ser abandonado» y ahora cualquier muestra de imperfección por tu parte te hace entrar en estrés.  La razón poco objetiva es que, según tu cerebro, si te equivocas, estás en riesgo de ser excluido/a. 

Aunque digas que no piensas en nada, tu mente no hace otra cosa. El hipocampo y la corteza cerebral son un no parar. Es mejor saber qué traman. 

¿Qué tiene que ver todo esto con la salud mental?

La salud mental no depende de tener un cerebro que nunca siente miedo, tristeza, enfado o incertidumbre. Tener salud mental no significa estar siempre bien.

Se requiere, entre otras cosas, poder desarrollar recursos para relacionarnos con lo que pensamos, sentimos y vivimos. La emoción puede ser información pero no es  automáticamente una dirección. Requiere una traducción previa.

Sentir miedo no significa ser débil.

Sentir incertidumbre no implica estar tomando una mala decisión.

Necesitar una pausa no supone carecer de capacidad.

Y experimentar una emoción intensa no requiere de una actuación inmediata. 

La salud mental forma parte del bienestar general y está relacionada con nuestra salud física y con múltiples aspectos de nuestra vida. Por eso, comprender cómo funciona el cerebro puede ayudarnos a dejar de interpretar determinadas reacciones como defectos personales.

Ilustración en estilo boceto de un cerebro compuesto por engranajes entrelazados.

El cerebro y el tiempo de integración. 

No se trata de elegir entre pensar o sentir, ni entre razón o emoción, ni entre mente o cuerpo, ni tampoco entre intuición o análisis. Pensamos. Sentimos. Recordamos. Percibimos. Anticipamos. Interpretamos. Y todas esas experiencias interactúan. 

La coherencia no consiste en conseguir que todas esas partes estén siempre de acuerdo, sino en poder escucharlas sin que ninguna tenga que tomar el control automáticamente. 

A veces necesitarás analizar, otras parar. Muy a menudo una emoción te estará señalando algo importante. Y otras veces esa emoción estará reproduciendo una respuesta aprendida que ya no necesitas.

La clave está en poder distinguirlo.

No siempre es posible tomar una decisión rápida y, muy a nuestro pesar, requeriremos sentir incertidumbre. Resolver, cerrar o saber no siempre es posible inmediatamente. A veces necesitamos tiempo para que la información pueda integrarse.

De hecho, una decisión tomada desde un estado de enorme activación tiene altas probabilidades de tener una perspectiva incongruente. Por eso, conviene un paseo, echarse a dormir, una charla o escribir. Poner palabras a lo que ocurre realmente en nuestro interior pone coherencia. 

Un cerebro coherente no es un cerebro perfecto.

No necesitamos tener siempre nuestras emociones bajo control, sino pensar correctamente. Eso no implica que dejemos de sentir miedo ni elimina nuestras contradicciones. Un cerebro coherente a veces también desvaría. 

La diferencia es que puede aprender, dudar, curiosear, flexibilizar, integrar información nueva y recuperar el equilibrio después de una experiencia difícil. Trata de encontrar el por qué y el para qué, y está abierto a otras posibilidades.

¿Qué frena nuestra capacidad de decidir?

En ocasiones, te parece saber lo que quieres pero no sabes cuál es la razón que te lleva a decidir así. De esa manera tan visceral. Con esa aparente claridad en la decisión pero sin saber por qué. Y toma especial atención a ese «aparente». 

En esos casos, hay una alta probabilidad de que haya alguna memoria implícita influyéndote. Seguramente fue una experiencia dolorosa o que te causó miedo.

Cuando no somos conscientes de su existencia, limita notablemente nuestra manera de actuar.  De hecho, puede generar que reaccionemos de manera desproporcionada sin saber por qué. O que vayamos en la dirección contraria a la que nos gustaría ir. Definitivamente incide en la manera que interactuamos.

Por ello, conviene convertir cada recuerdo implícito en explícito y darle un significado para que no ejerzan un poder oculto en la toma de decisiones. Además, cualquier recuerdo, aunque sea doloroso, puede transformarse en sabiduría interna y una fuente de poder. 

El cerebro trata de prever lo que pasará en el futuro. 

¿Cómo favorecer un cerebro más flexible y coherente?

No podemos controlar todo lo que ocurre en nuestro cerebro. Pero sí podemos crear condiciones que favorezcan el aprendizaje, el entendimiento y la apertura a nuevas ideas. 

Utiliza el cuerpo para recuperar el control.

El cerebro se desarrolló gracias a su afán de anticipar las consecuencias para ponerse en movimiento.  Según cómo pensemos, nuestro organismo se ve beneficiado o empieza a funcionar en modo supervivencia. Por eso, precisamente atender al cuerpo es una forma de recobrar el sentido común. 

El movimiento corporal afecta en las sustancias químicas del cerebro. Por eso, mover el cuerpo es una buena forma de recuperar el equilibrio. Unos minutos de ejercicio físico calma la amígdala. Andar, mover las extremidades, jugar, tocar un instrumento, hacer alguna manualidad con las manos,…   Son estrategias útiles para hacer que nuestro cerebro funcione de manera coherente. 

Prestar atención al cuerpo favorece que liberemos la energía y la tensión que generan el enfado y la frustración. Así podemos relajarnos y transformar la ira en motivación. Después nos parecerá más fácil que todo se arregle. Sonreír o respirar despacio y profundamente generan los mismos efectos.

Incluye en tu dieta alimentos ricos en ácidos grasos del tipo omega 3 para favorecer que tu cerebro funcione correctamente. El descanso es fundamental para el funcionamiento del organismo y también para procesos relacionados con el cerebro.

También puedes alterar el trascurso de los acontecimientos cambiando la atención hacia otra cosa, haciendo el tonto para alterar la dinámica de la situación o dando afecto para ayudar a reactivar el cerebro superior.  

Gracias a introducir sentido del humor, se pueden transformar el nerviosismo y el enojo en diversión, risas y conexión.  Sin lugar a dudas, las carcajadas facilitan cambiar el estado de ánimo. 

Diferencia entre ser y estar.

A pesar de tus reacciones, tus emociones, tus sentimientos y tus pensamientos no te definen. Son como las nubes en el cielo, que ahora están pero en un rato desaparecen.  Estar triste no te convierte en una persona triste.  Los estados de ánimo son pasajeros y no un rasgo de tu personalidad.

Aprende cosas nuevas.

Sin aprendizaje, disminuyen áreas del cerebro como el hipocampo. Es tal el deterioro que se produce que se empequeñece y pierde su capacidad de crecer. Una de las tareas que queda perjudicada seriamente es la capacidad de explorar nuevas soluciones.

Entre las cosas a aprender, un valor seguro es el de tomar conciencia de lo que sentimos y saber expresar los sentimientos, dando voz a nuestro niño interior. 

El presente nos ayuda a resetear momentos que no guardamos en la memoria con nitidez y aquellos que los introducimos sin introducir el aprendizaje.

Al recordar, alteramos el recuerdo y calmamos a nuestro niño interior. 

¿Por qué es útil escribir o contar una historia vivida? Porque, cada vez que recuperamos un recuerdo, lo cambiamos. En ese proceso, se activa un grupo neuronal parecido pero no idéntico al creado en el momento de la codificación. El estado de ánimo, la compañía o las nuevas experiencias alteran el recuerdo.

El presente nos ayuda a resetear momentos que no guardamos en la memoria con nitidez y aquellos que los introducimos sin introducir el aprendizaje.

Aunque no seas consciente, tus experiencias dolorosas pasadas generan un efecto irracional en tu día a día, que incluso te pueden llevar a hacer cosas que juraste que nunca harías, para mostrarte que hay un asunto sin resolver dentro de ti. En pendientes de revisar.  

Si no prestamos atención a lo que vivimos, la información se queda almacenada sin crear conexiones neuronales pero teniendo el poder de condicionarnos de manera inconsciente. 

¿Cómo revisar recuerdos dolorosos o que nos dan miedo?

Ya te he hablado de lo valioso que es recordar lo que nos pasó pero, en ocasiones, no nos resulta fácil. Para esos momentos, utiliza el mando a distancia. 

Con un mando a distancia

Te dispones a ver la película de tu recuerdo inquietante en el sofá y con el mando a distancia en la mano. Vas a ir contando la historia y cuando no quieras pasar por una parte, le das a Pause y Avanzas la escena. 

¿Cuál es el final de la película? Describe ese final feliz y seguro. Después Rebobina hasta la escena o escenas que te saltaste.  ¿Qué pasó? Mientras que lo describes, recuerda que el final de esa historia fue feliz y que es un momento pasado que ya no existe. 

Utilizando el mando, yendo a tu ritmo, hacia adelante y hacia atrás, puedes enfrentarte a tus recuerdos dolorosos. Hasta que veas la película al completo y tu mente pueda recomponer el rompecabezas que se quedó sin encajar para que deje de tener un impacto negativo en ti. Sin prisas. 

Cuando nuestras historias tienen un sentido, nuestra vida toma coherencia y dejan de limitar nuestro presente. Las heridas impiden la intimidad y generan nuevos momentos de dolor en nuestras relaciones actuales.

Los árboles también recuerdan

Las hojas se caen cuando las noches son largas.

Las ramas de los árboles recuerdan a las sinapsis de nuestro cerebro y, curiosamente, ellos también tienen la capacidad de recordar. Cada noche miden su duración y estos datos los utilizan para adaptarse a cada estación.

sinapsis del cerebro

¿Nuestro cerebro olvida?

En la configuración de nuestro cerebro, no cabe el olvido. Todos los conocimientos y experiencias se quedan almacenadas en algún lugar. Pero sí es  posible que se queden acumuladas en neuronas que no están interconectadas con las demás porque hemos priorizado otros datos. 

Por la falta de uso de la información, ya no hay conexiones neuronales o son muy débiles lo que dificulta el acceso.  Si lo guardado no lleva emociones, no habrá forma de recuperarlo. Está ahí pero no podemos acceder. 

Cuando el hipocampo se empequeñece por falta de salud mental, es como un músculo. Al principio, le cuesta un poco volver a hacer su trabajo de recuperación y puede generar la percepción de falta de memoria. 

Sólo cuando las neuronas se mueren es cuando la información queda destruida de manera definitiva. Pero, si era importante y es nuestro deseo, se puede crear la posibilidad de volver a incluir dicha sabiduría en otra zona del cerebro gracias a su gran plasticidad. 

Conocer el funcionamiento de nuestro cerebro juega a nuestro favor.

Cuanto más comprendemos cómo funciona el cerebro, más fácil resulta dejar de luchar contra nosotros mismos y empezar a trabajar a favor de nuestra propia naturaleza. 

Nuestro cerebro no siempre sabe exactamente qué hay que hacer.

Mejorar nuestra manera de pensar incide directamente en la autoestima y en la gestión adecuada de los procesos emocionales. 

Por otra parte, por mucha inestabilidad que sintamos, es temporal. Las decisiones han de ser tomadas por nosotros mismos. Nuestro malestar emocional no puede ser una razón suficiente para que alguien acuda a nuestro rescate para elegir en nuestro lugar. Por muy difícil que sea la decisión.  

En caso de no tener suficiente claridad, démonos el tiempo necesario para recolocar nuestro interior y renovar nuestro estado de coherencia.  

Sin vida interior, reaccionamos de manera automática y generamos interacciones superficiales, alejándonos de nuestra sensación de plenitud. 

Las conexiones transcendentes son una fuente de recompensa en sí mismas para nuestro cerebro y suponen una mejora indiscutible de nuestro bienestar emocional. Pero, si rechazamos el conflicto, no podemos tener la oportunidad de acceder a relaciones de confianza; y, para poder ser empáticos de verdad, requerimos utilizar el cerebro al completo.  

Luego existen numerosas razones valiosas por las que convienes bucear en nuestro interior. Estoy a tu disposición como traductora de lo intangible.

Economía para Bruj@s
Economía para Bruj@s

Dejé de dopar mi sensibilidad con Prozac para inyectarle sentido común a la economía. Traduzco lo intangible para que lideres con el corazón. ✨

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