Si buscas el nombre de Adam Smith en Google, verás términos como «mano invisible», «capitalismo» o «riqueza de las naciones». Pero si miras con los ojos de la sensibilidad, verás a un hombre que abandonó Oxford porque su cuerpo no aguantaba más la rigidez académica. Verás a un hijo que vivió con su madre hasta el final de sus días para poder permitirse el lujo de pensar.
Si atendemos a la vida de este personaje histórico, que, aún muerto hace más de dos siglos, tiene capacidad de influir en nuestras existencias, se pueden concluir varias lecciones transcendentales sobre cómo lograr un éxito con sentido. A veces, para entender el éxito, hay que mirar lo que no sale en los libros de texto.
Los conocimientos que necesitas no necesariamente los obtendrás en instituciones regladas. Él, a pesar de haber cursado estudios universitarios en Óxford gracias a una beca, reconoció que la información valiosa la consiguió leyendo en bibliotecas. Aprendió por sí mismo. De hecho, no pudo terminar su titulación porque empezó a somatizar y tuvo que abandonar. Es más. Su formación apenas incluía la economía como temática a estudiar. Fue por su curiosidad por lo que se convirtió en un gran conocedor de la materia.
Sin embargo, lo sensato es ser lo que te gusta ser a cada instante.
Adam Smith, el «padre de la economía», vivió con su madre toda su vida. Ella se encargaba de todo lo doméstico para que él pudiera escribir sobre el mercado libre. ¡Menuda ironía! El «siempre hijo» escribió las reglas actuales de la economía.
Luego, para hacer buenos negocios, necesitas de tiempo que parezca ocio.
¿Por qué el «padre de la economía» necesitaba que su madre le hiciera la cama?
Cuando Adam Smith tenía aproximadamente cuarenta años, pasó siete años viviendo con su madre mientras investigaba y escribía el libro que finalmente le hizo famoso a nivel mundial. Para él, fue la época más feliz de su vida. Y es que crear y estar en lo tuyo sienta fenomenal. Ser simplemente tú, sin etiquetas, te permite hacer lo que amas a cada instante.
A menudo nos castigamos porque nuestras circunstancias actuales no «parecen» exitosas pero el impacto cualitativo de tu vida no se mide en seguidores ni en ceros en la cuenta, sino en la profundidad de la huella que dejas en los demás.
En su caso, sus reflexiones quedaron plasmadas en varios libros a los que les dedicó muchas horas y que tuvieron mucha repercusión. Tanto que lo convirtieron en un personaje histórico sin buscarlo.
Adam Smith hablaba de la «simpatía» (lo que hoy llamamos empatía). Él sabía que cada día te relacionas con un reflejo de lo que piensas de ti mismo. Si sientes rechazo por lo que ves en el espejo, tu liderazgo será reactivo y miedoso.
Él pasó la vida rodeado de filósofos y grandes pensadores.
De frente, en un espejo, siempre estará lo que crees de ti. Así que mejor que no te produzca rechazo lo que ves porque implicará que no te estás amando por alguna razón que deberías investigar. Incluso tu sombra tiene una utilidad valiosa.
Amarte no te hace caer en un exceso sino que te lleva a lo ilimitado que nada tiene que ver con ser egoísta. Si desembocaste en la exageración o en lo desequilibrado es porque, en algún punto, dejaste de apreciarte. El miedo se te coló en alguna de tus decisiones.
Para volver a tu centro, es preciso mirar a tu entorno. Empatizas para verte, perdonarte y recuperar tu estima.
No te sentirás merecedor/a si te odias por las decisiones que tomas. Tampoco te permitirás soñar si no te tienes estima. Sin confianza, no se pueden tener aspiraciones y es poco probable ser sorprendido/a gratamente por la vida.
Para el beneficio común, se requiere a cada individuo único.
Adam Smith necesitó su propio refugio para cambiar el mundo. Tú no necesitas más análisis ni planificaciones sino reconocer tu propio valor en el espejo. Porque recuerda: Si te produce rechazo lo que ves, es que hay una parte de tu magia que estás intentando esconder. No dejes que tu sensibilidad se desborde ni se apague. Conviértela en tu brújula estratégica para lograr un éxito con sentido.




